Enemigos pequeños, artículo de Diego Galán

Ya en vísperas de la inauguración aquí en Buenos Aires, al ser uno español era lógico que le llovieran preguntas sobre lo sucedido entre Bruselas y el decreto español sobre el cine. ¿Qué se les podía explicar salvo que parece que nuestras autoridades cinematográficas se han precipitado? Tiene maldita la gracia. Al anterior director general del ICAA se le criticó lentitud en su quehacer, y al actual habría que reprocharle lo contrario, y quizás también falta de eso que se llama buen talante. Cuando los representantes de la plataforma Cineastas contra la Orden le visitaron por primera vez fueron calificados despectivamente como simples “amantes del cine”, minimizando sus alegaciones, sin atenderles debidamente. No hay enemigo pequeño, amigos, ni ciudadanos de segunda; y ha acabado armándose la marimorena, imprevisible aunque la ministra asegure lo contrario. [Leer texto completo]

Artículo de Diego Galán publicado en EL PAÍS el 27 de noviembre de 2009

No podemos seguir así, artículo de Álex de la Iglesia

Cuando la redacción de esta orden ministerial se estaba ultimando, un grupo de cineastas, ejerciendo su legítimo derecho, manifestaron su desacuerdo con algunos de los criterios por los que se van a otorgar las subvenciones.

Se nos volvió a reunir en el Ministerio a un grupo representativo de todas las áreas y asociaciones del sector, entre las que se encontraba, obviamente, un representante de los firmantes de la carta. Nos consta que algunas de sus reclamaciones fueron recogidas en el texto finalmente publicado. Sin embargo, no pareció ser suficiente y, con todo el derecho del mundo, enviaron a Bruselas una carta que informaba, en su opinión, de lo dañina que era la orden para el cine.

Estoy absolutamente convencido de que su principal propósito era mejorar las condiciones de nuestra industria, considerando la orden ministerial un problema que debían evitar a toda costa. Sin embargo, es posible que no conocieran las dramáticas consecuencias de su decisión. La reclamación ante Bruselas va a paralizar docenas de proyectos, incluso rodajes, cuyo inicio estaba previsto de forma inmediata. [Leer artículo completo en EL PAÍS]

Artículo publicado el jueves 26 de noviembre de 2009

Guerra Civil (en la cinematografía) Española, artículo de Borja Hermoso

Gerardo Herrero ha llamado “idiotas” a Fernando Trueba, a David Trueba, a Ventura Pons, a Isaki Lacuesta, a Javier Rebollo y a Luis Miñarro, por escribir aquí tan sólo algunos nombres propios de la plataforma. Además, Herrero considera que “muchos de esos firmantes lo único que saben es chupar del bote y hacer películas que no interesan a nadie”. Eso presupone una cosa: que las suyas interesan. Y otra cosa: que la libre capacidad de las personas privadas para pedir amparo ante un organismo europeo no es tan libre. Cuando, de hecho, la propia Comisión Europea ya ha dejado bien claro que esa es “una práctica común”. [Leer texto completo en EL PAÍS]

Artículo publicado en EL PAÍS el 25 de noviembre de 2009

¿Por qué?, artículo de Manuel Martín Cuenca

Querido Jaime, este diario me ofrece la oportunidad de contestar tu artículo. Acepto porque, aunque seamos buenos amigos, no comparto casi nada de lo que escribes, ni tampoco el tono y la posición desde dónde lo haces. Me refiero a ese papel retóricamente objetivo que, como redactor del texto, te adjudicas.

Comienzas afirmando que el cine español goza de prestigio internacional, y estoy de acuerdo. Luego, que el mundo del cine tiene mala prensa, y también estoy de acuerdo porque, aunque no lleguemos a estar tan desprestigiados como los sicarios colombianos, hay una cierta idea latente en el aire de que “los del cine” vivimos de las subvenciones, hacemos películas aburridas y estamos empeñados en seguir hablando de la guerra civil. No deja de ser curioso que estas acusaciones surjan en un país, el nuestro, que tiene a casi todos los sectores sociales e industriales subvencionados, que ha vivido 40 años de dictadura y que es la patria de la picaresca. Por último, te aventuras a explicar que la razón de nuestro supuesto desprestigio es que “nos hemos significado políticamente en exceso”, esperando “recibir una contraprestación por ese apoyo” (cito tus palabras). [Leer artículo completo en EL PAÍS]

Artículo de Manuel Martín Cuenca publicado en EL PAÍS el 6 de octubre de 2009

Despoliticemos el cine, artículo de Jaime Rosales

Existen dos hechos innegables cuya concomitancia merece una explicación. El primer hecho: el cine español -es decir, las producciones españolas que hacen los españoles dentro y fuera de España- es razonablemente bueno. Tiene una buena acogida internacional tanto de público como de crítica; posee figuras importantes en todos los ámbitos de la producción, con directores, actores, técnicos y productores de renombre internacional; y está en sintonía con el peso de nuestro país en el mundo.

El segundo hecho: el cine español no goza de buena prensa. Entiendo el concepto de prensa en un sentido amplio; en el sentido de opinión generalizada dentro del conjunto de la sociedad, más allá de la opinión específica de los medios de comunicación. Cabe preguntarse: ¿por qué? ¿Qué provoca esa animosidad? Los hoteles pierden clientes; los fabricantes de coches, también; las constructoras, no digamos; y ellos también reciben subvenciones. ¿Por qué esa especial negatividad con el cine? ¿Por qué siempre tanta polémica? Me aventuro a dar una explicación. Aunque no sea una explicación del agrado de muchos. El motivo por el que el cine español es tan polémico es por que una parte importante del colectivo que lo representa se ha significado políticamente en exceso. En un país tradicionalmente muy dividido ideológicamente, por los motivos que de sobra nos son conocidos, eso equivale a perder la mitad del público potencial y la mitad de la opinión favorable dentro de los medios de comunicación. ¿Qué pasaría si Zara o El Corte Inglés o Seat se significaran políticamente apoyando un partido? Lo mismo: perderían al 50% de su clientela potencial. [Leer artículo completo en EL PAÍS]

Artículo de Jaime Rosales publicado en EL PAÍS el 5 de octubre de 2009